domingo, 23 de junio de 2019

Tayrona, un paraíso natural.

Día 8.

No recordaba la alarma del reloj de forma tan placentera como ese día.
Los motivos para levantarse temprano pueden ser de diferente índole, pero cuando se hace para viajar y disfrutar hace que sea menos costoso.

Desayunamos en la azotea del hotel y tras dividir el equipaje y dejar la otra mochila a buen recaudo para unos cuantos días, salimos en dirección a la terminal de autobuses de la plaza del mercado.

Al llegar, preguntamos desde donde salía el autobús dirección Palomino, compramos una botella de agua y nos acomodamos cerca de la puerta del bus para refrescarnos con la brisa.

Una hora más tarde, llegamos a la entrada del parque vía Arrecifes. El parque Natural Nacional Tayrona tiene 2 entradas. Desde la que nos bajamos (Arrecife), se puede llegar a la última playa que es la del cabo San Juan después de un trekking de 2 horas a través de la jungla y la costa.
Por el camino hay varios campings donde se
puede pasar la noche en una hamaca, cabaña, tienda de campaña o la tuya propia si la llevas contigo. Esta última opción era la más económica y por la que nos decantamos.

Después de pagar la entrada y el seguro obligatorio, fuimos a comer algo puesto que sería mucho más económico fuera del parque. Al acabar, pillamos un minibus por 3000 pesos hasta la entrada del camino y durante el trayecto conocimos a Dani y Andrés, dos amigos colombianos que venían desde Cali a pasar unos días de vacaciones por la Guajira, la zona costera donde nos encontrábamos.

Juntos iniciamos el camino por el parque ya que previamente nos recomendaron acampar en la playa cabo San Juan. Nos explicaron que es la más bonita y en la única que se puede acampar a 100 metros del mar.

Al cabo de un rato decidimos separarnos puesto que nosotros nos íbamos parando constantemente a hacer fotos y a disfrutar del paisaje mientras que ellos iban a un ritmo más rápido,  así que acordamos en vernos en el camping.

Por el camino disfrutamos muchísimo del trekking y la naturaleza. Vimos un par de mil pies, mariposas como la palma de mi mano, ríos de hormigas que transportaban hojas creando una autopista de color verde por los árboles e incluso llegamos a avistar un carpincho el roedor más grande del mundo!

Cuando llegamos empapados en sudor, Dani y Andrés ya estaban acabando de montar su tienda y nosotros nos dispusimos a hacer lo mismo.

Al acabar, nos cambiamos y fuimos a bañarnos y a tomar algo a la playa. 
El entorno era idílico, dos playas que se comunicaban, rodeadas de palmeras y jungla. Sin duda alguna ese era el encuentro con el mar que había estado esperando.

Finalmente nos duchamos, cenamos y dormimos en nuestra tienda por primera vez.

Día 9.

Después de una noche calurosa en la tienda de campaña, el día precedía en la misma línea.

Una vez nos aseamos y desayunamos, nos preparamos para pasar un día de relax en un trocito de paraíso.

Estuvimos haciendo snorkel, nadando, paseando, leyendo y durmiendo bajo el sol caribeño y cuando no podíamos más nos refugiábamos debajo de una palmera. 
Un coco cayó de la palmera y Nadia lo recogió con la idea de que nuestro vecino, que tenía un machete, nos lo abriera.

También estuvimos hablando con Dani y Andrés y coincidimos que al día siguiente nos iríamos a Palomino.

Después de una ducha, de cenar algo y de leer un poco, volvimos a la tienda y dejamos las ventanas abiertas para que entrara el aire. 

Minutos más tarde nos íbamos a dormir con  la sensación de que al día siguiente estaríamos descubriendo un lugar nuevo. 

Día 10.

Cuando salimos de la tienda Dani y Andrés ya no estaban. Se habían levantado muy temprano, habían recogido la tienda y se habían ido. Nos hubiera gustado despedirnos porque no nos habíamos
pasado los teléfonos así que si nos encontrábamos de nuevo en Palomino sería otra casualidad del destino.

Nadia le pidió al vecino si nos podría abrir el
coco con el machete y él muy amablemente se prestó a ello. Con unos movimientos ágiles y precisos abrió el coco, nos dio un vaso para que nos bebiéramos el agua y nos lo dejó preparado para que nos los comiéramos.

Acto seguido, desmontamos la tienda y nos fuimos a la playa a despedirnos por última vez de aquel mágico lugar. 

Después de comernos el coco y disfrutar el último rato en aquella playa, recogimos todo, nos duchamos y emprendimos el camino de vuelta.

Por el camino nos encontramos a un grupo de monos capuchinos que subían a los árboles a comerse los mangos. Iban saltando de rama en rama buscando mangos, mordiéndolos y tirándolos para abajo. Fue un momento muy divertido.

Al cabo de 2 horas acabamos el recorrido, pillamos el minibús de vuelta a la carretera y cuando nos disponíamos a comer algo llegó el autobús con dirección a Palomino.

En ese instante cambiamos los planes y nos montamos en el autobús, ya comeríamos más tarde.














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