Día 10.
Pasados unos 25 minutos llegamos a Palomino. Habíamos oído hablar muy bien sobre este pueblo, sobre su movimiento hippie, su ambiente relajado, sus caminos sin asfaltar y la magia de la desembocaduras de sus ríos en el mar. La verdad es que no defraudó.
El autobús nos dejó al lado de la carretera donde había una gran actividad comercial, ya que todos los transportes paran y salen desde allí.
Desde la carretera bajan varios caminos sin asfaltar hasta la playa y por el camino puedes encontrar alojamientos y varios restaurantes (proliferan los vegetarianos y veganos), mientras te vas cruzando con turistas, perros, motos con un indeterminado número de pasajeros a bordo y algún que otro caballo.
Estábamos famélicos y cansados así que paramos en un restaurante vegetariano con música reggae y hamacas donde devoramos un menú. Desde allí también hicimos una videollamada con mis padres y después nos fuimos a buscar alojamiento.
Teníamos una recomendación de Cristina, la chica de Madrid que nos encontramos en Bogotá cuando estábamos esperando para ponernos las vacunas. Se trataba del Kallpa, un hostel con habitaciones privadas y compartidas, con un precioso jardín, buena música, ambiente genial y cocina excelente.
Cristina había acertado de lleno con su recomendación.
Una vez allí, reservamos una habitación y nos fuimos a dar una vuelta por la playa.
Después de andar unos 10-15 minutos llegamos y para nuestra sorpresa el mar estaba muy agitado, habían olas enormes y ondeaba la bandera roja, con lo cual, a excepción de algunos surfistas, el baño quedaba prohibido.
La playa de Palomino es de arena negra y fina, y está entre la desembocadura de dos ríos. La desembocadura del río Palomino queda a mano izquierda si se está mirando hacia el mar, a unos 20 minutos andando.
En la otra dirección, a mano derecha, queda la desembocadura del río Grande a unos 45 minutos caminando.
Con que era ya casi la hora de la puesta de sol, elegimos la ruta más corta hacia la desembocadura del río Palomino. Por el trayecto encontramos varios vendedores ambulantes, algún restaurante/chiringuito y un camping.
Cuando llegamos a la desembocadura, había mucha gente disfrutando de un baño en la parte del río, ya que el agua estaba muy calmada. Además, también vimos algunas personas pescando y otras haciendo fotos de la puesta de sol pese a que estaba algo nublado.
Estuvimos allí un rato, hicimos algunas fotos y regresamos a la calle principal. Justo allí nos encontramos casualmente de nuevo con Andrés y Dani y nos fuimos a cenar juntos.
Acabamos cenando unas hamburguesas vegetarianas, bebiendo unos mojitos y teniendo muchas conversaciones interesantes. Fue uno de esos momentos en que se está a gusto y el tiempo vuela.
A ellos, como buenos caleños les corre la salsa por las venas y nos dieron una master
class de diferentes grupos, tipos de estilos de salsa exclusivos de Cali, canciones en directo que Dani iba pidiendo a la dj del restaurante e incluso una clase práctica cuando Nadia y Dani se animaron a bailar una canción.
Fue un verdadero gusto compartir esa velada y nos sentimos agradecidos de habernos cruzado con ellos en el camino.
Nos invitaron a pasar el día con ellos al día siguiente. Iban a desplazarse hasta un punto alejado del río Palomino en moto y allí se lanzarían con un neumático río abajo durante 2 horas hasta llegar al mar.
Era un plan genial pero nosotros teníamos pensado ir a la desembocadura del río ancho, así que nos despedimos allí ahora sí habiéndonos intercambiado los teléfonos y cerrando el vínculo.
Con la luz de nuestros teléfonos alumbramos el camino de regreso al Hostel. Los caminos sin asfaltar, los sonidos de algunos animales y la oscuridad de las calles nos trasladaron a otra época.
Día 11.
Hoy tocaba un día ajetreado, teníamos que pasar el día en Palomino e ir a Taganga, un pueblo pesquero muy turístico que nos serviría de base para ir a playa cristal, una de las mejores playas del Tayrona.
Esta vez lo haríamos en lancha desde Taganga para pasar el día en la famosa playa. Así, nos ahorraríamos el viaje por tierra y la entrada al parque de nuevo.
Nos despertamos, rehicimos la mochila y desayunamos tranquilamente en el jardín.
La música, las hamacas y la atmósfera relajada nos invitaron a quedarnos un rato descansando, leyendo y aprovechando un poco el wifi.
Al cabo de un rato, dejamos allí las mochilas y nos encaminamos hacia la playa de nuevo, pero esta vez hacia el lado derecho con dirección a la desembocadura del Río Ancho.
El paisaje cambia totalmente en esta dirección. Es mucho menos transitado, más virgen y más salvaje. Las palmeras y la maleza de los manglares se adentran en la playa e incluso el agua, hecho que hizo que en algunos tramos tuviéramos que ir caminando por la orilla.
Tras 45 minutos andando llegamos a la desembocadura y nos sorprendimos con la belleza del paisaje.
El río ancho se funde con el mar Caribe separando diferentes porciones de tierra con palmeras. Para más deleite, las aguas se entremezclan bajo una suave corriente de agua salobre, cosa que hace que te puedas sentar a leer o descansar en el agua en un entorno espectacular.
Para mi fue hasta el momento mi lugar favorito del viaje. No habían más de 5 personas allí y entre ellas conocimos
a Alberto, un chico de Melilla que llevaba 1
año y dos meses viajando. Siempre que he viajado he admirado a estas personas que lo dejan todo y se van sin billete de vuelta.
Estuvimos hablando y me dijo que no había trabajado en ese tiempo, que lo estaba haciendo con sus ahorros y que hasta el momento se había gastado 10.000 € y procuraba vivir con 20€ al día.
Allí disfrutamos un día espectacular donde a ratos estuvimos completamente solos.
Palomino nos iba atrapando y no nos queríamos ir, pero con que al final añadimos unos días en el último tramo de nuestra ruta en Colombia para ir al eje cafetero, no teníamos más días para quedarnos. Teníamos que volver para no perder el autobús hacia Taganga.
Ya de regreso en el hostel comimos el menú, nos duchamos y volvimos a la carretera. Mientras caminábamos apresurados para para llegar a coger el autobús, nos percatamos que había mucha menos gente por las calles.
Cuando llegamos a la carretera averiguamos
el por qué: todo el mundo estaba viendo el partido Colombia-Argentina.
Ya sea en un bar, en una vivienda o en una parada de autobús, todas las pantallas proyectaban lo mismo y una multitud amarilla rodeaba sendos televisores.
Los colombianos viven la pasión del fútbol y sienten orgullosos los colores de la selección, a la cual no le va nada mal en esta Copa América.
Todo fue muy rápido, el autobús estaba preparado para partir, pagamos, nos montamos, cerramos los ojos y al abrirlos ya estábamos en Taganga para seguir con nuestros planes.









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