Día 16: llegada a la ciudad.
El vuelo hasta llegar al país vecino solo demoró una hora.
Después de pasar el control de inmigración, salimos del aeropuerto con la intención de llegar hasta la terminal de autobuses en taxi.
Antes de irnos nos encontramos con una chica americana en la misma situación, pero ella solo tenía billetes grandes y no encontraba la manera de cambiar un billete de 100$, así que la invitamos a venir con nosotros.
Una vez en la estación de autobuses de Esmeraldas, nos dio tiempo a comer algo en un restaurante chino antes de salir dirección Quito.
A pesar de que las 6 horas de viaje se hicieron largas, el viaje salió mucho más económico que el vuelo hasta Quito directamente.
Llegamos a las 23:00 y la temperatura había bajado considerablemente. Estábamos bastante cansados y después de discutir con un par de taxistas para que nos llevaran a nuestro hostal por un precio justo, desistimos por el cansancio y “nos dejamos engañar” prometiéndonos utilizar Uber en la
medida de lo posible.
Una vez llegamos a la casa de las culturas San Marcos, una casa centenaria en pleno centro de Quito, nos acomodamos en una habitación amplia con vistas a la ciudad y nos arropamos con todo lo que pudimos debido al frío repentino que nos aguardaba en nuestro nuevo destino.
Día 17: el casco antiguo.
Parece mentira como una cama y una ducha pueden recuperar el estado físico. Una vez recuperados, fuimos a desayunar donde Amador, uno de los dueños, nos explicó el origen de la cultura Ecuatoriana, desde los Quitus caras, pasando por los Incas y acabando con los colonizadores.
Además, nos explicó el proyecto de la casa de las culturas, donde aparte de hospedaje, esta casa rehabilitada de más de 300 años promueve un intercambio cultural entre artistas de diferentes países que hacen exposiciones, talleres o contribuyen directamente decorando diferentes partes de la casa.
Después del desayuno nos fuimos a visitar el panecillo. Esta colosal escultura (es más grande que el Corcovado de Brasil), fue un regalo de España a Ecuador y se trata de la Virgen de Quito con alas angelicales hecha en aluminio y cuya altura es de 41 metros contando la base.
Este monumento está en la parte alta de la
ciudad, al sur del casco antiguo, así que nos quedaba un buen trecho de subida hasta lograr la cima.
Salimos con el gps marcando la ruta y tras callejear un poco ascendimos por unas escaleras que nos llevarían hasta arriba.
Por el camino encontramos una cárcel transformada en un centro social, donde estaban haciendo desfiles de ropa de comerciantes locales.
Una vez arriba disfrutamos de unas vistas panorámicas de la ciudad y tras un rato allí volvimos a bajar a pie, aunque más tarde supimos que esa no era precisamente la mejor opción.
Llegamos hasta la plaza de San Agustín y allí comimos algo en el café del punto de encuentro del Free walking Tour Ecuador, donde haríamos un recorrido guiado por el centro de la ciudad.
El guía del Tour se llama Ethiel y superó todas nuestras expectativas. Además de hacernos un recorrido exquisito describiendo y explicando la historia de diferentes joyas arquitectónicas, hicimos una parada en un café y tuvimos una conversación muy interesante hablando de muchos temas de actualidad del país. Además de ser un auténtico viajero, ya que había vivido en diferentes partes del mundo, nos recomendó varios lugares de Ecuador y la compañía de buceo con la que más adelante bucearíamos en las islas Galápagos.
Al acabar el tour, fuimos a hacer una compra al supermercado y nos dimos un capricho en el restaurante Vista Hermosa. Tal y como indica el nombre, la panorámica del casco antiguo es espléndida al igual que la comida. Disfrutamos de una velada fantástica acompañada de un magnífico concierto de piano. Un lugar especial sin duda y 100% recomendable.
Al acabar regresamos dando un paseo hasta el hostal. Había sido un día formidable y al día siguiente nos esperaba el punto que divide la mitad exacta del planeta.
Día 18: la mitad del mundo.
Después de desayunar y conversar con Edna y Rubí, que nos trataban como si fuéramos de la familia, nos dirigimos a la estación de autobuses la Marín para llegar en transporte público a la mitad del mundo.
Después de unos cuantos autobuses públicos, llegamos hasta nuestro destino, el parque de la mitad del mundo, un recinto donde además de recorrer diferentes atracciones y puntos de información relacionadas con la línea del Ecuador, también se puede visitar un planetario, admirar bailes regionales o dar de comer a las llamas.
Entre otras cosas, hicimos el experimento de mantener un huevo en equilibrio sobre la cabeza de un clavo. Al estar en el Ecuador, las posibilidades son mucho más altas de conseguirlo, pero ni aún así lo pude realizar, al contrario que Nadia, que sí lo consiguió.
Una curiosidad del monumento de la mitad del mundo es que no está en el punto exacto del GPS del centro del planeta, ya que los científicos franceses que hicieron la medición de la línea ecuatorial en 1736 tuvieron un pequeño error de cálculo.
Realmente, el punto con la verdadera latitud 0• 00’ está unos 300 metros más al norte, donde se halla el Museo Solar inti Ñan.
Este lugar cuenta con más experimentos para comprobar que se está en la línea ecuatorial, el verdadero punto de la mitad del mundo e información y materiales de los Quitus cara, así como información y degustación del cacao Ecuatoriano.
Aunque el otro parque es muy turístico y merece la pena verlo, nosotros nos quedamos con este museo.
Al volver, pillamos un autobús directo a Quito pero nos dejó en el Panecillo. Esta vez subimos hasta arriba de la escultura para divisar la panorámica de noche.
Tanto unos policías que habían allí, como Ethiel durante el tour por el centro, nos desaconsejaron subir o bajar al panecillo a pie, ya que se habían cometido robos y asaltos. En nuestro caso la información llegó demasiado tarde, pero esta vez esperamos a un taxi para que nos llevara a la pintoresca calle de la Ronda para cenar algo.
Una vez allí fuimos a un buen restaurante de carne porque queríamos probar el cuy, que es una comida típica de Ecuador y Perú donde se cocina la carne de cobaya asada, o con otras palabras el hámster que se tiene como mascota en muchos países.
El lugar para probar este manjar fue el restaurante leña quiteña, donde nos sirvieron todo con muy buena presentación y buenos acompañamientos.
Cada vez que como carne de un nuevo animal, siempre la comparo con la carne de pollo, y en esta ocasión cabe decir que la carne de cuy estaba más buena y sabrosa.
Después de poner un check más a la lista de cosas que teníamos que hacer en este viaje, regresamos de nuevo al hostal dando un paseo. Al día siguiente nos esperaba un día de shopping pero no en un centro comercial, sino en el mercado indígena de Otavalo.
Día 19: el mercado de Otavalo.
Este día no fue como otro cualquiera.
A pesar de que teníamos que salir temprano, esa mañana estuve entreteniéndome con todo y Nadia me estuvo esperando mucho tiempo. Eso, más el hecho que yo quería ir a la estación de la Marín para pillar el bus y ella quería ir a la estación Marín central, hizo que decidiéramos ir cada uno por su lado para encontrarnos más tarde en el mercado.
De esta forma, me dirigí hacia la terminal terrestre de la Marín, pillé un autobús dirección a la terminal terrestre de Carcelén, y allí tomé otro autobús dirección Otavalo.
Una hora y media más tarde, después de recorrer los 97 km que separaban ambas ciudades, el autobús me dejó en la rotonda de Otavalo, justo a las afueras.
Puse el Gps dirección a la plaza principal de Otavalo y allí aproveché para sacar dinero, comprar una tarjeta móvil Ecuatoriana de la compañía “Claro” para tener Internet y poder llamar y tomar algunas fotos.
No paraba de preguntarme en que punto estaría Nadia y a cada paso que daba, ya sea en las estaciones de autobús o por las calles de Otavalo, iba buscando para ver si la encontraba, pero no se dio el caso.
Después me fui hacia la plaza de los ponchos, donde se halla el famoso mercado.
Muchos indígenas estaban danzando al ritmo de bailes regionales a la entrada del mercado, justo enfrente de unas gradas que aproveché para ver si veía a Nadia desde lo alto y para tomar algunas fotos.
Seguidamente, me introduje en los laberínticos pasillos del mercado, y estuve mirando los productos artesanales: pinturas, pulseras, ropa, materiales hechos de alpaca, minerales, bolsos...Había de todo.
Al girar cada esquina, esperaba encontrarme
con Nadia y no podía parar de pensar si habría llegado, si habría comido ya y como nos íbamos a encontrar.
Muchos comerciantes me instigaban a comprar pero a todos les respondía que ahora no podía porque estaba buscando a mi mujer.
De repente vi que me había enviado un mensaje de Whats app preguntándome dónde estaba. Supuse que aprovechó algún momento de Wifi para escribirlo, así que le
respondí y le dije que estaba en el mercado de Otavalo desde hacía un rato y que me hallaba en la plaza de los ponchos.
Una vez le contesté, me compré un jersey con capucha hecho de alpaca después de regatear un poco y busqué en la Lonely Planet algún sitio para comer.
Acabé comiéndome una focaccia deliciosa con un cappuccino en la cafetería Cosecha Coffee Shop, pero aún no había recibido ninguna respuesta.
Cuando salí, me metí de nuevo en el mercado, giré a la izquierda y allí estaba ella.
En ese momento sentí mariposas en el estómago y me cambió el semblante. Fui hasta allí, la abracé y nos sonreímos mutuamente a la vez que los vendedores decían que por fin había llegado el marido.
Después del reencuentro, estuvimos paseando por el mercado, regateando y comprando cosas. Después volvimos a la cafetería donde había comido y nos tomamos algo mientras nos explicábamos como había ido el día.
Ya se estaba haciendo tarde y todavía habían algunas cosas que nos estábamos pensando comprar. Fuimos a una parada
donde hacían postales a mano con materiales naturales, pero ya habían recogido la parada y la señora nos invitó a ir a una casa donde tenían almacenado todo.
Una vez dentro saludamos a los indígenas que nos íbamos encontrando y compramos las postales ansiadas.
Ya era hora de volver a Quito y cogimos un bus hasta la terminal Carcelén y desde allí un Uber hasta nuestro hostal.
Por el camino fui pensando en como íbamos a meter todo lo que habíamos comprado en las mochilas y de como había echado de menos a Nadia en aquellas circunstancias. Nunca más lo volveríamos a repetir.
Había sido un día diferente, donde habíamos conocido a los indígenas de Otavalo, los más prósperos de Sudamérica gracias al comercio que llevan desempeñando durante siglos sin perder nunca su sonrisa.
Cuando nos dimos cuenta, estábamos preparando las mochilas y distribuyendo todo para dejar lo innecesario en el hostal mientras nos llevábamos lo indispensable a las Galápagos, uno de los platos fuertes del viaje. Al acabar, con toda la ilusión del mundo, nos fuimos a dormir.





























