domingo, 30 de junio de 2019

Cambio de planes.

Día 11.

Taganga es un pueblo de pescadores que vive completamente del turismo. La playa con sus barcas tiene encanto y muchas de sus calles están sin asfaltar, aunque estan iluminadas y son mucho más transitadas que las de Palomino.

Tiene un par de playas mucho más bonitas que las de Santa Marta o Rodadero ( no tiene punto de comparación).
Así que si estáis por Santa Marta, pillad un bus local dirección Taganga y en 15 minutos podréis disfrutar de una excelente playa.

Llegamos ya de noche, fuimos para
nuestro nuevo y fugaz hogar y salimos a cenar algo.

Dimos una vuelta por las calles principales y por el paseo marítimo y nos decantamos por una pizzería muy pequeña y con muy buena pinta, pero con que era muy tarde se les había acabado la masa y fuimos en busca de otra pizzería.

Encontramos una local que tenía 3 mesas en la calle siempre llenas. Al tener una disponible esta vez, nos sentamos y nos comimos una pizza grande entre los dos con unas cervezas.

Al acabar, regresamos al hostal y caímos
rendidos pensando en el día que nos esperaba en playa Cristal al día siguiente.

Día 12.

A veces las cosas no salen como uno las planea. Quizás tienes pendiente hacer algo concreto y todo cambia por algo inesperado. En nuestro caso, nuestro plan hizo un giro de 180 grados. 

En la mayoría de viajes largos que he hecho, el cuerpo reacciona según se va adaptando a la cocina de cada país: especias, ingredientes, salsas, frutos...
A nosotros nos llegó ese momento en que por más que salga el sol (como era el caso) no íbamos a disfrutar del día debido a una indigestión.

Así que cambiamos de planes, abortamos misión playa Cristal y tiramos de medicamentos, un asiento cómodo y aire acondicionado con dirección a Cartagena.

Habíamos reservado en las afueras, en un alojamiento que se veía muy bien con un 9.5 en Booking. 

Al llegar, anduvimos caminando un buen rato hasta que encontramos el hotel. El barrio no nos inspiró mucha confianza y más bien nos sentimos inseguros por momentos, pero finalmente dimos con nuestro alojamiento.

La Villa del Mar está en la Boquilla, a las afueras de Cartagena. Tiene comentarios muy buenos, sobre todo de Rodrigo, el propietario que te atiende personalmente para que te sientas como en casa.

Llamamos a la puerta pero nadie nos atendió  y estuvimos esperando un rato allí, incomunicados  al no tener Wifi. De pronto salieron 2 chicas y un chico del hotel y les preguntamos por el dueño el cual estaba haciendo algunos recados.

Nos invitaron a esperar dentro del hotel, nos dieron la llave y se fueron tras decirnos que el señor Rodrigo estaba de camino y que cerráramos la puerta con llave.

Cuando entramos vimos un jardín bien arreglado que se comunicaba directamente con la playa a través de una puerta de madera. Las habitaciones giraban en torno al patio y en un rincón había una piscina... con el agua verde.

Rodrigo llegó y se disculpó por no haber estado allí, nos comentó que se le había estropeado la bomba del agua de la piscina y que tenía que repararla y que de hecho, había bloqueado todas las habitaciones porque no quería ofrecer un servicio a medias.

Nos ofreció quedarnos igualmente pese a todo, pero preferimos irnos al centro para tener todo más a mano. Queríamos priorizar la calidad del lugar en vez de la localización, y nos salió el tiro por la culata.

Rodrigo se ofreció para llevarnos al centro de Cartagena de forma gratuita y nos recomendó algunos alojamientos.
Tras despedirnos de él, nos cargamos las mochilas y dimos una vuelta por las calles de Getsemaní, el barrio bohemio de la ciudad. Finalmente,  volvimos a seguir la recomendación para Cartagena que nos pasó Cristina y dimos con el hostel One Day.

La localización es súper céntrica, se sirve desayuno y hay café y té en cualquier momento del día. Tiene habitaciones para compartir y otras que son privadas y nosotros elegimos esta última opción.

Noa enviaron al edificio de al lado, donde habían varias habitaciones ( 5 en total), con las que compartíamos una cocina y una azotea con terraza y jacuzzi.

Después de cenar algo ligero, nos fuimos a descansar para estar listos para el día siguiente. Solo habíamos hecho que llegar pero ya estábamos ansiosos por descubrir la  bella Cartagena de Indias.





miércoles, 26 de junio de 2019

Palomino: entre dos aguas.

Día 10.

Pasados unos 25 minutos llegamos a Palomino. Habíamos oído hablar muy bien sobre este pueblo, sobre su movimiento hippie, su ambiente relajado, sus caminos sin asfaltar y la magia de la  desembocaduras de sus ríos en el mar. La verdad es que no defraudó.

El autobús nos dejó al lado de la carretera donde había una gran actividad comercial, ya que todos los transportes paran y salen desde allí.

Desde la carretera bajan varios caminos sin asfaltar hasta la playa y por el camino puedes encontrar alojamientos y varios restaurantes (proliferan los vegetarianos y veganos), mientras te vas cruzando con turistas, perros, motos con un indeterminado número de pasajeros a bordo y algún que otro caballo.

Estábamos famélicos y cansados así que paramos en un restaurante vegetariano con música reggae y hamacas donde devoramos un menú. Desde allí también hicimos una videollamada con mis padres y después nos fuimos a buscar alojamiento.

Teníamos una recomendación de Cristina, la chica de Madrid que nos encontramos en Bogotá cuando estábamos esperando para ponernos las vacunas. Se trataba del Kallpa, un hostel con habitaciones privadas y compartidas, con un precioso jardín, buena música, ambiente genial y cocina excelente.
Cristina había acertado de lleno con su recomendación.

Una vez allí, reservamos una habitación y nos fuimos a dar una vuelta por la playa.

Después de andar unos 10-15 minutos llegamos y para nuestra sorpresa el mar estaba muy agitado, habían olas enormes y ondeaba la bandera roja, con lo cual, a excepción de algunos surfistas, el baño quedaba prohibido.

La playa de Palomino es de arena negra y fina, y está entre la desembocadura de dos ríos. La desembocadura del río Palomino queda a mano izquierda si se está mirando hacia el mar, a unos 20 minutos andando.
En la otra dirección, a mano derecha,  queda la desembocadura del río Grande a unos 45 minutos caminando.

Con que era ya casi la hora de la puesta de sol, elegimos la ruta más corta hacia la desembocadura del río Palomino. Por el trayecto encontramos varios vendedores ambulantes, algún restaurante/chiringuito y un camping. 

Cuando llegamos a la desembocadura, había mucha gente disfrutando de un baño en la parte del río, ya que el agua estaba muy calmada. Además, también vimos algunas personas pescando y otras haciendo fotos de la puesta de sol pese a que estaba algo nublado.

Estuvimos allí un rato, hicimos algunas fotos y regresamos a la calle principal. Justo allí nos encontramos casualmente de nuevo con Andrés y Dani y nos fuimos a cenar juntos.

Acabamos cenando unas hamburguesas vegetarianas, bebiendo unos mojitos y teniendo muchas conversaciones interesantes. Fue uno de esos momentos en que se está a gusto y el tiempo vuela.

A ellos, como buenos caleños les corre la salsa por las venas y nos dieron una master
class de diferentes grupos, tipos de estilos de salsa exclusivos de Cali, canciones en directo que Dani iba pidiendo a la dj del restaurante e incluso una clase práctica cuando Nadia y Dani se animaron a bailar una canción.

Fue un verdadero gusto compartir esa velada y nos sentimos agradecidos de habernos cruzado con ellos en el camino.

Nos invitaron a pasar el día con ellos al día siguiente. Iban a desplazarse hasta un punto alejado del río Palomino en moto y allí se lanzarían con un neumático río abajo durante 2 horas hasta llegar al mar.

Era un plan genial pero nosotros teníamos pensado ir a la desembocadura del río ancho, así que nos despedimos allí ahora sí habiéndonos intercambiado los teléfonos y cerrando el vínculo.

Con la luz de nuestros teléfonos alumbramos el camino de regreso al Hostel. Los caminos sin asfaltar, los sonidos de algunos animales y la oscuridad de las calles nos trasladaron a otra época.

Día 11.

Hoy tocaba un día ajetreado, teníamos que pasar el día en Palomino e ir a Taganga, un pueblo pesquero muy turístico que nos serviría de base para ir a playa cristal, una de las mejores playas del Tayrona. 

Esta vez lo haríamos en lancha desde Taganga para pasar el día en la famosa playa. Así, nos ahorraríamos el viaje por tierra y la entrada al parque de nuevo.

Nos despertamos, rehicimos la mochila y desayunamos tranquilamente en el jardín.
La música, las hamacas y la atmósfera relajada nos invitaron a quedarnos un rato descansando, leyendo y aprovechando un poco el wifi.

Al cabo de un rato, dejamos allí las mochilas y nos encaminamos hacia la playa de nuevo, pero esta vez hacia el lado derecho con dirección a la desembocadura del Río Ancho.

El paisaje cambia totalmente en esta dirección. Es mucho menos transitado, más virgen y más salvaje. Las palmeras y la maleza de los manglares se adentran en la playa e incluso el agua, hecho que hizo que en algunos tramos tuviéramos que ir caminando por la orilla.

Tras 45 minutos andando llegamos a la desembocadura y nos sorprendimos con la belleza del paisaje.

El río ancho se funde con el mar Caribe separando diferentes porciones de tierra con palmeras. Para más deleite, las aguas se entremezclan bajo una suave corriente de agua salobre, cosa que hace que te puedas sentar a leer o descansar en el agua en un entorno espectacular.

Para mi fue hasta el momento mi lugar favorito del viaje. No habían más de 5 personas allí y entre ellas conocimos
a Alberto, un chico de Melilla que llevaba 1
año y dos meses viajando. Siempre que he viajado he admirado a estas personas que lo dejan todo y se van sin billete de vuelta.
Estuvimos hablando y me dijo que no había trabajado en ese tiempo, que lo estaba haciendo con sus ahorros y que hasta el momento se había gastado 10.000 € y procuraba vivir con 20€ al día.

Allí disfrutamos un día espectacular donde a ratos estuvimos completamente solos.
Palomino nos iba atrapando y no nos queríamos ir, pero con que al final añadimos unos días en el último tramo de nuestra ruta en Colombia para ir al eje cafetero, no teníamos más días para quedarnos. Teníamos que volver para no perder el autobús hacia Taganga.

Ya de regreso en el hostel comimos el menú, nos duchamos y volvimos a la carretera. Mientras caminábamos apresurados para para llegar a coger el autobús, nos percatamos que había mucha menos gente por las calles.

Cuando llegamos a la carretera averiguamos
el por qué: todo el mundo estaba viendo el partido Colombia-Argentina.
Ya sea en un bar, en una vivienda o en una parada de autobús, todas las pantallas proyectaban lo mismo y una multitud amarilla rodeaba sendos televisores.
Los colombianos viven la pasión del fútbol y sienten orgullosos los colores de la selección, a la cual no le va nada mal en esta Copa América.

Todo fue muy rápido, el autobús estaba preparado para partir, pagamos, nos montamos, cerramos los ojos y al abrirlos ya estábamos en Taganga para seguir con nuestros planes.









domingo, 23 de junio de 2019

Tayrona, un paraíso natural.

Día 8.

No recordaba la alarma del reloj de forma tan placentera como ese día.
Los motivos para levantarse temprano pueden ser de diferente índole, pero cuando se hace para viajar y disfrutar hace que sea menos costoso.

Desayunamos en la azotea del hotel y tras dividir el equipaje y dejar la otra mochila a buen recaudo para unos cuantos días, salimos en dirección a la terminal de autobuses de la plaza del mercado.

Al llegar, preguntamos desde donde salía el autobús dirección Palomino, compramos una botella de agua y nos acomodamos cerca de la puerta del bus para refrescarnos con la brisa.

Una hora más tarde, llegamos a la entrada del parque vía Arrecifes. El parque Natural Nacional Tayrona tiene 2 entradas. Desde la que nos bajamos (Arrecife), se puede llegar a la última playa que es la del cabo San Juan después de un trekking de 2 horas a través de la jungla y la costa.
Por el camino hay varios campings donde se
puede pasar la noche en una hamaca, cabaña, tienda de campaña o la tuya propia si la llevas contigo. Esta última opción era la más económica y por la que nos decantamos.

Después de pagar la entrada y el seguro obligatorio, fuimos a comer algo puesto que sería mucho más económico fuera del parque. Al acabar, pillamos un minibus por 3000 pesos hasta la entrada del camino y durante el trayecto conocimos a Dani y Andrés, dos amigos colombianos que venían desde Cali a pasar unos días de vacaciones por la Guajira, la zona costera donde nos encontrábamos.

Juntos iniciamos el camino por el parque ya que previamente nos recomendaron acampar en la playa cabo San Juan. Nos explicaron que es la más bonita y en la única que se puede acampar a 100 metros del mar.

Al cabo de un rato decidimos separarnos puesto que nosotros nos íbamos parando constantemente a hacer fotos y a disfrutar del paisaje mientras que ellos iban a un ritmo más rápido,  así que acordamos en vernos en el camping.

Por el camino disfrutamos muchísimo del trekking y la naturaleza. Vimos un par de mil pies, mariposas como la palma de mi mano, ríos de hormigas que transportaban hojas creando una autopista de color verde por los árboles e incluso llegamos a avistar un carpincho el roedor más grande del mundo!

Cuando llegamos empapados en sudor, Dani y Andrés ya estaban acabando de montar su tienda y nosotros nos dispusimos a hacer lo mismo.

Al acabar, nos cambiamos y fuimos a bañarnos y a tomar algo a la playa. 
El entorno era idílico, dos playas que se comunicaban, rodeadas de palmeras y jungla. Sin duda alguna ese era el encuentro con el mar que había estado esperando.

Finalmente nos duchamos, cenamos y dormimos en nuestra tienda por primera vez.

Día 9.

Después de una noche calurosa en la tienda de campaña, el día precedía en la misma línea.

Una vez nos aseamos y desayunamos, nos preparamos para pasar un día de relax en un trocito de paraíso.

Estuvimos haciendo snorkel, nadando, paseando, leyendo y durmiendo bajo el sol caribeño y cuando no podíamos más nos refugiábamos debajo de una palmera. 
Un coco cayó de la palmera y Nadia lo recogió con la idea de que nuestro vecino, que tenía un machete, nos lo abriera.

También estuvimos hablando con Dani y Andrés y coincidimos que al día siguiente nos iríamos a Palomino.

Después de una ducha, de cenar algo y de leer un poco, volvimos a la tienda y dejamos las ventanas abiertas para que entrara el aire. 

Minutos más tarde nos íbamos a dormir con  la sensación de que al día siguiente estaríamos descubriendo un lugar nuevo. 

Día 10.

Cuando salimos de la tienda Dani y Andrés ya no estaban. Se habían levantado muy temprano, habían recogido la tienda y se habían ido. Nos hubiera gustado despedirnos porque no nos habíamos
pasado los teléfonos así que si nos encontrábamos de nuevo en Palomino sería otra casualidad del destino.

Nadia le pidió al vecino si nos podría abrir el
coco con el machete y él muy amablemente se prestó a ello. Con unos movimientos ágiles y precisos abrió el coco, nos dio un vaso para que nos bebiéramos el agua y nos lo dejó preparado para que nos los comiéramos.

Acto seguido, desmontamos la tienda y nos fuimos a la playa a despedirnos por última vez de aquel mágico lugar. 

Después de comernos el coco y disfrutar el último rato en aquella playa, recogimos todo, nos duchamos y emprendimos el camino de vuelta.

Por el camino nos encontramos a un grupo de monos capuchinos que subían a los árboles a comerse los mangos. Iban saltando de rama en rama buscando mangos, mordiéndolos y tirándolos para abajo. Fue un momento muy divertido.

Al cabo de 2 horas acabamos el recorrido, pillamos el minibús de vuelta a la carretera y cuando nos disponíamos a comer algo llegó el autobús con dirección a Palomino.

En ese instante cambiamos los planes y nos montamos en el autobús, ya comeríamos más tarde.














sábado, 22 de junio de 2019

Las apariencias engañan.

A veces, cuando juzgas al libro por la portada puedes llevarte una sorpresa.

En nuestro caso, nos la llevamos cuando llegamos a nuestro alojamiento de Santa Marta.

Después de un vuelo corto donde aprovechamos para dormir, nos recibió el taxista más impresentable de la historia.
Hablando por el móvil, sobrepasando el límite de velocidad y perdiéndose por el camino, pero finalmente el susodicho consiguió dejarnos en nuestro nuevo alojamiento: el hotel Fontanar.

A priori parecía un chollo: cerca del aeropuerto, con piscina, Wifi, aire acondicionado y baño privado por 8$ y con una puntuación de un 8 en Booking.

Lejos de nuestras expectativas, nos atendieron fumando cuando hicimos el check in y nos cambiaron 2 veces las toallas porque nos las dieron con manchas y agujeros.

A pesar de todo,  caímos rendidos debido al ajetreo de todo el día.

A la mañana siguiente nos preparamos y pillamos un taxi con dirección al centro de Santa Marta. Una vez allí, fuimos a una cafeteria con wifi a desayunar y reservamos un hotel con cara y ojos para compensar el fiasco previo.

Después de desayunar, fuimos al hotel, dejamos las mochilas y nos fuimos a hacer un recorrido por las agencias de viaje del centro para negociar la excursión a la ciudad perdida.

Este tour tiene una duración de 4-5 días haciendo trekking por la selva con guías y pernoctando en diferentes campamentos con hamaca o tienda.

El objetivo era llegar hasta las ruinas arqueológicas de la ciudad perdida a través de la selva, mientras poníamos a prueba nuestro físico y disfrutábamos de la naturaleza y sus paisajes.

El precio que nos marcaba la guía eran 700.000 pesos colombianos (233$ aproximadamente) y pensamos que era un precio elevado pero compensaba que fuera todo incluido durante 4-5 días.

Después de recorrer varias agencias nos dimos cuenta que no se podía negociar nada porque todas tenían un convenio y cobraban lo  mismo: 1.100.000 pesos por persona (366$ por persona).

Este precio nos parecía demasiado alto para algo que quizás no nos emocionaría al 100%. Pensamos que ese precio era muy elevado y nuestras expectativas irían a la par, así que corríamos el riesgo de frustrarnos.

Para estar más seguros en nuestra decisión nos leímos muchísimas reseñas de este tour en diferentes páginas web, para poder pensarlo durante esa tarde desde la playa.

Para alguien que ha nacido y vivido cerca del mar y hace más de un año que no pisa una playa, las ansias de reencontrarse con el olor del mar, caminar descalzo sobre la arena mojada o bañarse y refrescarse en el agua son grandes.

Por eso redimimos esas ganas de playa un poco más puesto que la playa de Santa Marta es bastante horrible gracias a que apenas hay arena, el agua es sucia y monstruosas grúas destrozan el paisaje.

Habíamos escuchado que la playa de Rodadero era mejor y estaba a tan solo 15 minutos en autobús local. Así que pagamos la tarifa y nos montamos en un diminuto autobús, sin aire acondicionado y cuyas puertas y ventanas permanecían abiertas permanentemente durante todo el trayecto.

Cuando llegamos a Rodadero el tiempo no acompañaba demasiado, pero igualmente queríamos tener ese encuentro con el mar de Colombia.

La playa tampoco valía mucho y la anécdota fue que decenas de vendedores ambulantes nos intentaron encasquetar de todo en un tiempo récord! Masajes, excursiones, refrescos, helados, collares, gafas...
Me gustaría haber hecho un collage con todos ellos!

Cuando por fin estuvimos tranquilos decidimos que no íbamos a ir a la ciudad perdida. Según nos informamos, las agencias habían hecho un trato con los
Indígenas de la zona y todos iban subiendo el precio año tras año.
En los últimos 4 años ha subido de 500.000 pesos a 1.100.000.

Gracias a esta decisión, ahora teníamos 4 días extra que podríamos emplear en planear nuevas rutas o quedarnos más tiempo en algún sitio si estábamos a gusto.

Empezó a chispear y nos fuimos de la playa y comimos en el bar Real Madrid donde aparecía el escudo por todos lados!

Allí comimos el menú del día y volvimos al hotel en otro autobús pero este con más gente al ser hora punta.

Adelantamos el itinerario que teníamos y planeamos ir al Parque Natural Tayrona donde por fin estrenaríamos la tienda de campaña. Puesto que allí escasean los comercios y aumentan los precios, hicimos una compra para los siguientes días, nos tomamos un café y regresamos al hotel.

El día no había sido lo que esperábamos pero al menos habíamos modificado nuestra ruta para poner rumbo a uno de los parajes más bellos y espectaculares de Colombia.




domingo, 16 de junio de 2019

Último día en Medellín.




















Día 6.

A primera hora compramos los billetes para Santa Marta y después del desayuno Rafa nos recomendó una cafetería muy antigua y refinada en el centro y hacer el itinerario gratuito por la comuna 13 por la tarde.

Esta vez optamos por el metro para desplazarnos por la ciudad. Caminamos 20
minutos hasta la estación de poblado y utilizamos la línea azul en dirección a Niquía para llegar 5 paradas más tarde a la estación parque del Berrío.

Nuestra intención era ver el centro de Medellín, el parque de Botero con una colección excelente del maestro y dar un paseo por la calle Junin para degustar algo en la cafetería Astor.

Todo fue al pie de la letra y después de fotografiar la espléndida colección de esculturas (mis preferidas fueron las del romano, el gato y la cabeza) empezamos a buscar la calle Junin.
Después de dar algunas vueltas encontramos la calle y disfrutamos del paseo. Me recordó al portal de l’Àngel de Medellín, es la típica calle comercial peatonal  para irse de compras o parar a tomar algo.
Allí encontramos la cafetería Astor y de nuevo fue un acierto la recomendación de Rafa.
En esta cafetería se puede comer o tomar algo y elaboran diferentes surtidos de bombones, chocolates y dulces. Me llamaron la atención unos llamados “moros” que se parecían a los dulces árabes que sirven con el té.

Después de hacer una necesaria y suculenta pausa, volvimos a la estación de metro parque del Berrío con dirección a la estación de San Javier para llegar a tiempo (a las 14:00) al free tour de la comuna 13. Para ello, tomamos la línea azul de nuevo dirección la Estrella y tras una parada hicimos transbordo en la línea naranja dirección San Javier, que es la última parada del trayecto.

Cuando salimos al exterior enseguida encontramos el paraguas azul que representa a la compañía del tour gratuito y nos apuntamos.

Desde la estación de San Javier fuimos andando hasta la comuna 13 y nuestro guía que siempre ha vivido allí, iba parando en diferentes sitios explicándonos la historia, los conflictos y la transformación de esta zona tan humilde y castigada de Medellín.

La Comuna 13 está formada por 18 barrios que ocupan un área de 7 kilómetros cuadrados.

Estos barrios se formaron paulatinamente por habitantes de Medellín que subieron a las montañas para crear sus propias viviendas. Al principio no habían suministros ni policía,  así que por los años 50 surgieron diferentes milicias para proteger a los habitantes de la zona.

Estas milicias derivaron en grupos paramilitares armados que “controlaban” la zona y se repartían el poder del territorio mediante la extorsión y el narcotráfico. Algunos ejemplos  serían las FARC, ELN (M19) y los CAP.

Esta situación siguió hasta los 80 y dio paso a enfrentamientos entre las diferentes milicias por el territorio con múltiples tiroteos, secuestros y asesinatos.

La mayor perjudicada fue la población civil que se vio envuelta en un fuego cruzado entre bandos armados. La gente humilde de esta comuna, tuvo que adaptarse a la violencia de sus calles a la vez que intentaban salir adelante en unas condiciones muy desfavorables.

Finalmente, el 16 de octubre del año 2002 se llevó a cabo la operación militar Orión por parte de los organismos de seguridad del Estado, donde participaron más de 1.200 hombres de diferentes departamentos del ejército y la policía.

Después de varios días de enfrentamientos, el gobierno controló la comuna y liberó a la población del sufrimiento y opresión que habían sufrido durante años.

Después de esto, la Administración hizo una inversión de reconstrucción y transformación de la comuna a través de la creación de nuevas instalaciones con actividades gratuitas (como por ejemplo las UVA -unidad de vida articulada- que son centros para jóvenes con mucha variedad de servicios y actividades gratuitas), múltiples puntos de wifi gratis por toda la comuna, mejora de los servicios de transporte (metro por cable o escaleras eléctricas) y la construcción de edificios que aporten prosperidad en contra de la denigración de los antiguos. Como ejemplo de esto, actualmente se está construyendo una universidad en el edificio que albergaba una  cárcel de mujeres.

Cuando uno entra en la Comuna 13 y se empapa de su trágica historia, puede sentir la paz actual de sus gentes, donde intentan quitarse el estigma de ser ciudadanos de segunda o de cambiar su futuro a través de iniciativas sociales, el arte, el hip hop y el graffiti.

Sin duda fue toda una experiencia que nunca olvidaremos.

Después del tour nos despedimos del guía y nos quedamos paseando y haciendo fotos a los grafitis y a las vistas.

Seguidamente volvimos a la estación de San Javier para hacer el recorrido de vuelta en metro y trasladarnos en taxi a la llegada al poblado puesto que habíamos reservado un taxi al aeropuerto a las 19:00 y eran las 18:45!

Al llegar Rafa nos estaba esperando con su habitual sonrisa, nos imprimió los billetes que compramos y le explicamos como había ido el día. 

Al venir el taxi nos despedimos acaloradamente y nos hicimos una foto para inmortalizar el momento. 

Acto seguido, nos montamos en el taxi y nos dirigimos nuevamente a un aeropuerto, esta vez en dirección al Caribe Colombiano.

Quito y alrededores (primera parte).

Día 16: llegada a la ciudad. El vuelo hasta llegar al país vecino solo demoró una hora.  Después de pasar el control de inmigración, ...