En nuestro caso, nos la llevamos cuando llegamos a nuestro alojamiento de Santa Marta.
Después de un vuelo corto donde aprovechamos para dormir, nos recibió el taxista más impresentable de la historia.
Hablando por el móvil, sobrepasando el límite de velocidad y perdiéndose por el camino, pero finalmente el susodicho consiguió dejarnos en nuestro nuevo alojamiento: el hotel Fontanar.
A priori parecía un chollo: cerca del aeropuerto, con piscina, Wifi, aire acondicionado y baño privado por 8$ y con una puntuación de un 8 en Booking.
Lejos de nuestras expectativas, nos atendieron fumando cuando hicimos el check in y nos cambiaron 2 veces las toallas porque nos las dieron con manchas y agujeros.
A pesar de todo, caímos rendidos debido al ajetreo de todo el día.
A la mañana siguiente nos preparamos y pillamos un taxi con dirección al centro de Santa Marta. Una vez allí, fuimos a una cafeteria con wifi a desayunar y reservamos un hotel con cara y ojos para compensar el fiasco previo.
Después de desayunar, fuimos al hotel, dejamos las mochilas y nos fuimos a hacer un recorrido por las agencias de viaje del centro para negociar la excursión a la ciudad perdida.
Este tour tiene una duración de 4-5 días haciendo trekking por la selva con guías y pernoctando en diferentes campamentos con hamaca o tienda.
El objetivo era llegar hasta las ruinas arqueológicas de la ciudad perdida a través de la selva, mientras poníamos a prueba nuestro físico y disfrutábamos de la naturaleza y sus paisajes.
El precio que nos marcaba la guía eran 700.000 pesos colombianos (233$ aproximadamente) y pensamos que era un precio elevado pero compensaba que fuera todo incluido durante 4-5 días.
Después de recorrer varias agencias nos dimos cuenta que no se podía negociar nada porque todas tenían un convenio y cobraban lo mismo: 1.100.000 pesos por persona (366$ por persona).
Este precio nos parecía demasiado alto para algo que quizás no nos emocionaría al 100%. Pensamos que ese precio era muy elevado y nuestras expectativas irían a la par, así que corríamos el riesgo de frustrarnos.
Para estar más seguros en nuestra decisión nos leímos muchísimas reseñas de este tour en diferentes páginas web, para poder pensarlo durante esa tarde desde la playa.
Para alguien que ha nacido y vivido cerca del mar y hace más de un año que no pisa una playa, las ansias de reencontrarse con el olor del mar, caminar descalzo sobre la arena mojada o bañarse y refrescarse en el agua son grandes.
Por eso redimimos esas ganas de playa un poco más puesto que la playa de Santa Marta es bastante horrible gracias a que apenas hay arena, el agua es sucia y monstruosas grúas destrozan el paisaje.
Habíamos escuchado que la playa de Rodadero era mejor y estaba a tan solo 15 minutos en autobús local. Así que pagamos la tarifa y nos montamos en un diminuto autobús, sin aire acondicionado y cuyas puertas y ventanas permanecían abiertas permanentemente durante todo el trayecto.
Cuando llegamos a Rodadero el tiempo no acompañaba demasiado, pero igualmente queríamos tener ese encuentro con el mar de Colombia.
La playa tampoco valía mucho y la anécdota fue que decenas de vendedores ambulantes nos intentaron encasquetar de todo en un tiempo récord! Masajes, excursiones, refrescos, helados, collares, gafas...
Me gustaría haber hecho un collage con todos ellos!
Cuando por fin estuvimos tranquilos decidimos que no íbamos a ir a la ciudad perdida. Según nos informamos, las agencias habían hecho un trato con los
Indígenas de la zona y todos iban subiendo el precio año tras año.
En los últimos 4 años ha subido de 500.000 pesos a 1.100.000.
Gracias a esta decisión, ahora teníamos 4 días extra que podríamos emplear en planear nuevas rutas o quedarnos más tiempo en algún sitio si estábamos a gusto.
Empezó a chispear y nos fuimos de la playa y comimos en el bar Real Madrid donde aparecía el escudo por todos lados!
Allí comimos el menú del día y volvimos al hotel en otro autobús pero este con más gente al ser hora punta.
Adelantamos el itinerario que teníamos y planeamos ir al Parque Natural Tayrona donde por fin estrenaríamos la tienda de campaña. Puesto que allí escasean los comercios y aumentan los precios, hicimos una compra para los siguientes días, nos tomamos un café y regresamos al hotel.


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