sábado, 6 de julio de 2019

Dejándonos llevar en las islas del Rosario.

Día 13.

Cada vez que contratamos un tour guiado lo hacemos por diferentes motivos. En unos casos porque es la única manera de llegar a un lugar, en otros porque es más económico que si incluso fuésemos por nuestra cuenta o simplemente porque queremos dejar de pensar y que nos lleven a todos sitios aunque nos sintamos parte de un rebaño.

No sabemos muy bien cual de estas opciones nos convenció exactamente para contratar el tour guiado (más bien una mezcla de las 3), pero ya estaba hecho y a las 7 de la mañana David, nuestro guía, estaba llamando a nuestra puerta.

Pasamos a recoger a todos los que iban a compartir el día con nosotros y después de un estresante viaje en minibús, llegamos una hora más tarde a la península de Barú (también llamada isla de Barú).

Después de caminar 15 minutos, una lancha nos estaba esperando para hacer un recorrido por el archipiélago del Rosario y visitar algunas de sus 28 islas de las cuales la mayoría son privadas.

Algunas de las que vimos fueron isla Pirata, isla Grande y otras islas privadas una de ellas propiedad del cantante Juanes y otras que suelen alquilar los famosos para pasar sus vacaciones.

Un rato después paramos en un arrecife de coral e hicimos snorkel. El coral valía la pena, pero no vimos mucha variedad de peces.

Seguidamente paramos a tomar algo en la isla Cholón, un destino fiestero donde la gente suele beber y bailar en unas palapas
metidas en el agua. Afortunadamente, al ser entre semana, la isla estaba medio vacía y el
ambiente era muy tranquilo.

Después de tomar algo y pasar un rato allí, seguimos navegando y paramos en isla Azul donde tuvimos una hora y media para descansar, tomar el sol y bañarnos en sus aguas cristalinas.

El último traslado en lancha fue a Playa Blanca de vuelta en Barú, donde comimos pescado, arroz con patacones y sandía de postre. Compartimos mesa con Lucho y Nathalie, una pareja Argentina con la cual estuvimos intercambiando impresiones y anécdotas de viajes y de paso aprovechamos para preguntarles muchas cosas sobre Argentina.

Las siguientes horas las pasamos en un recinto privado con hamacas y palmeras. Allí pasamos la tarde hasta presenciar una preciosa puesta de sol mientras nos servían la  cena.

Cuando el sol finalmente se escondió en el horizonte y la noche empezaba a caer, nos preparamos para la mejor actividad del día.
En plena noche nos llevarían a una laguna que alberga grandes cantidades de plancton acumuladas, así que podríamos disfrutar la
experiencia de la bioluminiscencia en todo su esplendor.

Este fenómeno es la transformación de energía química en energía lumínica que hacen algunos seres vivos. En el caso del plancton, irradia su propia luz como autodefensa ante los depredadores, así que cuando detecta movimiento se ilumina.

De esta forma, nos trasladaron a la laguna en plena noche, bajo la luz de la luna llena. Allí nos tiramos al agua con chalecos salvavidas y estuvimos nadando durante 40 minutos. El agua estaba muy caliente y el efecto biolumínico fue impresionante. Cuando movías tus brazos y piernas se iluminaba el agua y podías ver como tu cuerpo se iluminaba en el mar. 

Descubrimos este fenómeno hace dos años durante nuestra luna de miel en Malasia, pero en aquella ocasión la luz no fue tan intensa.

Pasados los 40 minutos volvimos a la playa y  de allí nos trasladamos caminando en plena noche alumbrándonos con nuestros teléfonos móviles hasta llegar al autobús.

Después de una cabezadita nos bajamos en la calle de nuestro hotel, imprimimos los billetes para el día siguiente y después de una ducha nos fuimos a dormir. 

En definitiva, las Islas del Rosario no valen tanto como las pintan, están demasiado explotadas y el turismo no es el que nos gusta. Si tenéis la oportunidad de ir por vuestra cuenta a Playa Blanca  o isla Grande (en barco desde Cartagena) y tenéis tiempo, no contratéis ningún tour y quedaros alguna noche en una de las islas. Nosotros no disponíamos de ese tiempo y aunque el tour fue demasiado organizado, cundió bastante y el relajarnos en la playa y presenciar de nuevo el plancton luminoso, no tuvo precio.

Gracias a que no fuimos a la Ciudad Perdida, le pudimos dedicar los últimos días al Eje cafetero. Un taxi nos pasaría a recoger a las 6 de la mañana y al siguiente día ya estaríamos en Pereira, una de las capitales cafeteras de Colombia.








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